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FRONTERAS SIN MÉDICOS (Alfredo Segarra)

FRONTERAS SIN MÉDICOS

De Al Segar

Categoría: C

Anochece. El efecto relajante y de recogimiento que debiera acompañar al ocaso, no es aquí más que el preludio de que dentro de unas cuantas horas volverá a amanecer un nuevo día, seguramente más aciago que el anterior.

Lenta e inflexiblemente el crepúsculo extiende su oscuro manto sobre estas áridas tierras. El declive del día no consigue que cese el constante y reiterado repiqueteo de lamentos y llantos. Quejas y gemidos que finalmente quedan apresados entre la oscuridad total, componiendo una sinfonía de aterradora cadencia que lamentablemente he asumido como habitual.

El abrasador sol africano ha cedido temporalmente su despótica posición a la tolerante luna, impávida observadora de la amarga experiencia que voluntariamente he aceptado vivir.

Después de mi habitual jornada maratoniana debería estar agotado, pero hoy, como casi cada noche, volverá a costarme conciliar el sueño. Abandono el hospital de campaña con intención de descansar unas pocas horas en mi tienda, equipada con un modesto camastro, una silla de madera, y una desvencijada mesilla, que a pesar de sus reducidas dimensiones, me hace las veces de escritorio. De su único cajón extraigo todo su contenido compuesto por mi diario personal, un lápiz que afilo con un viejo bisturí, una linterna y un entramado de alambre de fabricación propia que he improvisado como soporte para convertirla en rudimentaria lámpara.

Abro el diario dispuesto a escribir el relato de mi rutinaria relación de calamidades. Nuevas páginas que se sumarán al pesimismo de las precedentes, confeccionando un sombrío y luctuoso canto a la desesperanza. El lápiz parece haber convertido su aparente fragilidad en una pesada barra de plomo difícil de arrastrar por el papel. Respiro hondo haciendo acopio de fuerzas para comenzar.

6 de enero de 2012. Vacilo, suelto el lápiz, no puedo seguir. Hay fechas demasiado señaladas como para ultrajarlas con dramáticos relatos de sufrimiento. Reflexiono con la mirada perdida y decido continuar. No dejar constancia de la tragedia que se vive aquí sería como traicionar a esta pobre gente; desahuciados que han conseguido cambiarme, despertando mi conducta altruista hasta el punto de importarme más lo que pueda sucederles a ellos antes que a mí mismo. Vuelvo a coger el lápiz mientras con la palma de mí otra mano, seco las lágrimas de mis ojos. Imagino niños españoles desenvolviendo regalos con emoción desbocada, ante la orgullosa mirada de sus sonrientes padres; situación totalmente contrapuesta a la de los desnutridos niños somalíes.

La nostalgia me invade. Recuerdo mi propia niñez de juguetes olvidados por la abundancia; mi juventud despreocupada; la universidad; mi posterior y acomodada vida como médico de familia; Diana, mi ex pareja. Recuerdo también el día en que en la sala de descanso del ambulatorio, saboreando un aguado café de máquina, reclamó mi atención en el tablón de anuncios la llamativa petición de una ONG demandando personal sanitario para acudir en ayuda humanitaria al cuerno de África. Rellené la solicitud impulsado por el hastío que comenzaba a provocarme la idea de convertirme a perpetuidad en un simple recetador de pastillas para ancianas hipocondríacas y la coincidencia de que Diana, una mujer que nunca acabó de gustarme del todo por su excesivo gusto por las apariencias y el materialismo, acabó dejándome por el cirujano plástico que yo mismo le presenté para que le aumentara dos tallas de pecho. Necesitaba un cambio en mi vida. En la ONG me concienciaron de la dureza de las condiciones en las que iba a trabajar, aunque debo reconocer que nunca imaginé la excesiva sinrazón de la que iba a ser testigo. Como un adolescente convencido de ser capaz de cambiar el mundo con tan solo la ilusión como arma, partí con la esperanza de encontrar en África el proyecto personal en que soñaba convertir mi profesión.

Ahora solo ansío encontrar esa imaginaria línea fronteriza de nuestros instintos; la que convierte a una misma persona emplazada a uno u otro lado de ella en justa o cruel; en pacífica o violenta. Quiero encontrar mi propia frontera.

Suspiro y sigo escribiendo:

Cada vez me es más difícil plasmar en este diario la cruda realidad que se vive aquí. Soy el único médico en este campo de refugiados somalí cercano a la peligrosa frontera con Kenia. Apenas recibimos alimentos y medicinas. La ayuda internacional es saqueada por bandidos armados que asaltan los convoyes que se dirigen a los campamentos. El gobierno de Somalia no garantiza a las ONG la seguridad del personal sanitario, secuestrados por estas bandas con el objetivo de pedir rescate o atender a sus propios enfermos.

Aquí la situación es más que precaria. Bajo la raída lona del improvisado hospital de campaña, conviven hacinados centenares de personas enfermas y moribundas. El nauseabundo hedor de la muerte impregna el viscoso e irrespirable ambiente.

Ayer tuve que esconderme para no ser apresado por una de esas bandas que asaltaron el campamento, llevándose todo lo aprovechable. Mataron, golpearon, e incluso violaron a niñas.

Acudo a curar a Zaira, una de ellas. Zaira no morirá a causa del hambre, sino víctima de las secuelas de la desmedida violencia sufrida con tan solo trece años de edad. La necesidad alimenta la barbarie y la barbarie desata la locura.

¿Dónde está la frontera de la sensatez?

Hundidos en sus cuencas, con la mirada perdida, sus entreabiertos ojos parpadean pesadamente, como si las pestañas le pesasen varios kilos, más de los veinticinco o como mucho treinta que ella pueda pesar. Aunque parezca su abuela, es su madre quien sentada en el suelo, la mece con ternura entre sus brazos. Con una mano le acaricia su rapada cabeza; con la otra, aleja las moscas que se posan sobre sus heridas frescas. Acaba de amamantar a su otro hijo de pocos meses, que duerme desnudo junto a ellas con su propia legión de insectos recorriéndole el esqueleto. En un intento desesperado por ofrecerle algo de alimento, introduce su consumido pecho, tan seco como la tierra que ha provocado esta terrible hambruna, en la boca de Zaira. Pero ella no hace ningún esfuerzo por mamar. Seguramente consciente de su infortunio, prefiere dejar la escasa leche que pudiese brotar de ese pellejo a su hermanito.

¿Dónde está la frontera del cariño?

Hace más de un mes que, víctimas de un brote de cólera, enterramos al resto del equipo médico; solamente quedo yo y dos misioneras belgas. Desde entonces apenas duermo y he perdido doce kilos, pero esta gente que nada tiene y tanto me da, me obligan a seguir adelante en este auténtico vertedero de despojos humanos, con tan pocos recursos, que para tapar heridas debo reutilizar las vendas de los fallecidos.

Escribo este diario con la intención de dar a conocer al mundo occidental, narcotizado por una impuesta sociedad de consumo, que existen otras realidades bien diferentes, desgarradoras y de inconcebible sufrimiento. Espero poder difundirlo, aunque también espero refuerzos que no llegan. De momento resisto, no me fallan las fuerzas y creo no haber enfermado.

¿Dónde estará mi propia frontera?

Nunca imaginé vivir experiencias tan crueles. Esta de hoy es solo una más.

Mientras atendía a Zaira, una familia me reclama desde el otro extremo de la gran tienda. Su hijo de tres años tiene convulsiones. Cuando llego, solamente puedo certificar la muerte del pequeño.

Regreso junto a Zaira. Su madre intenta esbozar una tímida sonrisa de enormes dientes amarillos. De sus desorbitados ojos brotan unas lágrimas que recorren sus acartonadas mejillas. Zaira ya no respira. Es un llanto que habla. Lejos de ser lastimero, muestra conformidad. Es un sollozo de aprobación, de aceptación de la muerte como mejor opción a una vida sin futuro. Aquí he    conocido a madres que prefieren la muerte de sus hijos, antes que verlos inmersos en una agónica existencia que no es más que una acelerada cuenta atrás.

¿Dónde está la frontera de la compasión?

¿Dónde están nuestras fronteras?

Al Segar


LES HORES (Alfredo Segarra)

Amar la lectura es trocar horas de hastío por horas de inefable y deliciosa compañía.

John Fitzgerald Kennedy

 ¡Hmmm! Echaba en falta poder disfrutar cerca de casa de este seductor aroma. Disfruto del característico olor a negocio recién estrenado, mezclado con el de colmados muros de libros acabados de desprecintar de sus embalajes, con la cola todavía fresca en sus lomos uniendo en perfecta armonía páginas repletas de cientos, miles de palabras que ordenadas adecuadamente convierten en placentera lectura un sinfín de historias ideadas por sus autores, con el objetivo de ilustrarnos, emocionarnos, divertirnos, o simplemente conseguir que fantaseemos con inexistentes universos en donde todo es posible.

Al entrar por primera vez en la recién inaugurada librería Les Hores, me impactó el variado y cromático colorido de su decoración, combinando en perfecta simbiosis con el producto a vender. << Una librería debe tener este color >>, pensé. Se trata de un local diáfano, donde todo lo que hay está al alcance de la vista.

La improvisación hace que a uno le invadan el desconcierto y la desubicación ¿Por dónde empezar? Por lo simple y me dirijo a la amplia mesa donde reposan las novedades más comerciales, o me sitúo frente a una de las estanterías poniendo cara de interesarme por algún título de subgénero especializado.

Consigo un primer logro. Coronando las columnas de libros descubro la categoría bajo la que se engloban: “narrativa, humanidades, ciencia ficción…”

De reojo, al fondo del local, descubro asomando las gafas por encima del mostrador al expectante librero. Siempre me ha incomodado sentirme observado, escudriñado como una presa acechada, más aún cuando me desenvuelvo con la torpeza y la confusión reflejada en los delatores movimientos de no tener claro lo que se quiere. He entrado por mi amor a las letras y estoy solo, bueno, con el librero-centinela. Si por lo menos hubiese más clientes no me sentiría tan vigilado, tan vulnerable. Como pretendiendo camuflarme, me sumerjo en un rincón con abundante material. Libros gruesos y delgados, de tapa dura o blanda, con o sin solapa. Con fingida expresión de versado lector comienzo a voltear un expositor de libros de bolsillo con la esperanza de hallar el que reclame mi atención y me sirva para acercarme hasta el mostrador, pagar y largarme de allí cuanto antes.

Al fin, a mi espalda escucho una reconfortante frase; escueta, pero esperanzadora:

-¿Puedo ayudarte? –sondea el librero.

Se adivina en su entonación la dedicación y la profesionalidad, evidenciada en el mimo con el que se ordenan los libros sobre los estantes; porque una librería debe ser un negocio destinado a dar vida a las letras y un librero no debe ser simplemente alguien que rellene los espacios libres de los anaqueles; un librero debe ser ese amigo que te aconseje qué leer, ese profesional con un punto de psicólogo que consiga que cada personalidad, cada ego, o cada estilo, modo o manera de vivir la vida encuentren su referencia escrita en su local.

Y Sergi, que es como se llama el librero, tiene esto muy claro; es lo que se dice, un auténtico profesional de las letras.

Tras las pertinentes presentaciones le expongo mis preferencias lectoras y pronto tengo entre mis manos varios volúmenes para hojear.

Cuando surge la complicidad le dejo caer tímidamente una frase:

-También me gusta escribir –le confieso con cierto rubor.

Cuando muestra interés por mi trabajo le muestro un texto que ocultaba disimuladamente en una carpeta.

-¿Aceptas consejos? –me pregunta.

-Por supuesto –respondo entusiasmado.

-Déjamelo unos días para que me lo mire y quedamos más adelante para charlar un rato.

Y vaya si lo hicimos. Durante dos horas. Ciento veinte minutos repletos de buenos consejos, engalanados por la sabiduría que aporta una vida dedicada a las letras. Con su voz pausada y su actitud receptiva, me ofreció desinteresadamente sus acertadas recomendaciones.

-Escribes bien –me dijo-, pero debes cuidar ciertos detalles.

Me dejé aconsejar. Le dije que adoro escribir y deseo perfeccionar mi técnica, a lo que Sergi me respondió que la mejor escuela para conseguirlo es la de leer mucho a los buenos autores, que no siempre son los más mediáticos.

Salí de Les Hores reconfortado y reforzado, aspirando a ser capaz algún día de escribir con la misma claridad de ideas con las que Sergi se expresa.

Al Segar


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