LES HORES (Alfredo Segarra)

Amar la lectura es trocar horas de hastío por horas de inefable y deliciosa compañía.

John Fitzgerald Kennedy

 ¡Hmmm! Echaba en falta poder disfrutar cerca de casa de este seductor aroma. Disfruto del característico olor a negocio recién estrenado, mezclado con el de colmados muros de libros acabados de desprecintar de sus embalajes, con la cola todavía fresca en sus lomos uniendo en perfecta armonía páginas repletas de cientos, miles de palabras que ordenadas adecuadamente convierten en placentera lectura un sinfín de historias ideadas por sus autores, con el objetivo de ilustrarnos, emocionarnos, divertirnos, o simplemente conseguir que fantaseemos con inexistentes universos en donde todo es posible.

Al entrar por primera vez en la recién inaugurada librería Les Hores, me impactó el variado y cromático colorido de su decoración, combinando en perfecta simbiosis con el producto a vender. << Una librería debe tener este color >>, pensé. Se trata de un local diáfano, donde todo lo que hay está al alcance de la vista.

La improvisación hace que a uno le invadan el desconcierto y la desubicación ¿Por dónde empezar? Por lo simple y me dirijo a la amplia mesa donde reposan las novedades más comerciales, o me sitúo frente a una de las estanterías poniendo cara de interesarme por algún título de subgénero especializado.

Consigo un primer logro. Coronando las columnas de libros descubro la categoría bajo la que se engloban: “narrativa, humanidades, ciencia ficción…”

De reojo, al fondo del local, descubro asomando las gafas por encima del mostrador al expectante librero. Siempre me ha incomodado sentirme observado, escudriñado como una presa acechada, más aún cuando me desenvuelvo con la torpeza y la confusión reflejada en los delatores movimientos de no tener claro lo que se quiere. He entrado por mi amor a las letras y estoy solo, bueno, con el librero-centinela. Si por lo menos hubiese más clientes no me sentiría tan vigilado, tan vulnerable. Como pretendiendo camuflarme, me sumerjo en un rincón con abundante material. Libros gruesos y delgados, de tapa dura o blanda, con o sin solapa. Con fingida expresión de versado lector comienzo a voltear un expositor de libros de bolsillo con la esperanza de hallar el que reclame mi atención y me sirva para acercarme hasta el mostrador, pagar y largarme de allí cuanto antes.

Al fin, a mi espalda escucho una reconfortante frase; escueta, pero esperanzadora:

-¿Puedo ayudarte? –sondea el librero.

Se adivina en su entonación la dedicación y la profesionalidad, evidenciada en el mimo con el que se ordenan los libros sobre los estantes; porque una librería debe ser un negocio destinado a dar vida a las letras y un librero no debe ser simplemente alguien que rellene los espacios libres de los anaqueles; un librero debe ser ese amigo que te aconseje qué leer, ese profesional con un punto de psicólogo que consiga que cada personalidad, cada ego, o cada estilo, modo o manera de vivir la vida encuentren su referencia escrita en su local.

Y Sergi, que es como se llama el librero, tiene esto muy claro; es lo que se dice, un auténtico profesional de las letras.

Tras las pertinentes presentaciones le expongo mis preferencias lectoras y pronto tengo entre mis manos varios volúmenes para hojear.

Cuando surge la complicidad le dejo caer tímidamente una frase:

-También me gusta escribir –le confieso con cierto rubor.

Cuando muestra interés por mi trabajo le muestro un texto que ocultaba disimuladamente en una carpeta.

-¿Aceptas consejos? –me pregunta.

-Por supuesto –respondo entusiasmado.

-Déjamelo unos días para que me lo mire y quedamos más adelante para charlar un rato.

Y vaya si lo hicimos. Durante dos horas. Ciento veinte minutos repletos de buenos consejos, engalanados por la sabiduría que aporta una vida dedicada a las letras. Con su voz pausada y su actitud receptiva, me ofreció desinteresadamente sus acertadas recomendaciones.

-Escribes bien –me dijo-, pero debes cuidar ciertos detalles.

Me dejé aconsejar. Le dije que adoro escribir y deseo perfeccionar mi técnica, a lo que Sergi me respondió que la mejor escuela para conseguirlo es la de leer mucho a los buenos autores, que no siempre son los más mediáticos.

Salí de Les Hores reconfortado y reforzado, aspirando a ser capaz algún día de escribir con la misma claridad de ideas con las que Sergi se expresa.

Al Segar

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